viernes, 22 de marzo de 2013

Gran Canaria. Último día. Agaete. El Anden Verde. La Aldea. El ferry

                                                                                                                                                               

 Llegamos a Agaete y después de unas cuantas preguntas encontramos el hotel que teníamos reservado, Hotel Roca Negra, en la urbanización  El Tundal; esto quiere decir en la parte alta de Agaete, donde se tienen esplendidas vistas sobre el océano, playas y acantilados.

Para descansar estuve un buen rato en la terraza de la habitación, contemplando el mar de un intenso azul, las montañas que llegan casi a la orilla, y la llegada de un pequeño yate, cuyos pasajeros se bañaban en la pequeña bahía, y de algunas motos acuáticas, que corrían por las aguas, con gran diversión de sus conductores.

Mas cerca, casi al pie de las habitaciones, otros clientes del hotel, también se divertían en la piscina, bañándose y tomando el sol.

                                                                         
Al cabo de una hora de descanso decidimos ir a dar una vuelta por el pueblo.

Agaete es otra de las villas históricas de Gran Canaria.

En efecto, en 1.480, al poco de la conquista de la isla, se construyo una torre fortificada, llamada Casa Fuerte, cuyo primer alcaide fue Alonso Fernández de Lugo, que había tenido un papel destacado en la misma.

Al mismo tiempo se empezó a utilizar su puerto natural, llamado por Fernández de Lugo. Puerto de las Nieves, debido a su devoción por esta advocación de la Virgen, puerto que tuvo gran utilidad para la conquista, y durante el s. XVI, para el comercio con el norte de Europa.

Cabe el mérito a Alonso Fernández de Lugo haber establecido en Agaete el primer ingenio azucarero de las islas, basado en el cultivo de la caña de azúcar, cuyo comercialización tuvo unos brillantes inicios, que no tardaron en desaparecer debido a la competencia de la industria azucarera americana.

Alonso Fernández de Lugo tuvo que vender el Señorío de Agaete para financiar la conquista de la isla de la Palma, empresa que culmino, y mas tarde, también fue el conquistador de Tenerife, donde en San Cristóbal de La Laguna estableció la capitalidad del Archipiélago, siendo nombrado, por los Reyes Católicos, Adelantado de la Islas Canarias

Pero, volvamos a Agaete.

La compra de estas productivas tierras corrió a cargo de Antón de Cerezo, financiero y mercader genovés, afincado en Sevilla, que continuo con el comercio del azúcar, sobre todo con los Países Bajos.

La población se desarrollo en dos núcleos principales, alrededor de la Casa Fuerte y del Puerto de Las Nieves y, en la parte alta, alrededor de la Iglesia de la Concepción, construida hacia 1.515.

Después de estos buenos inicios, y tras la desaparición del cultivo de la caña de  azúcar, en el s. XVII se produjo una gran decadencia en la zona, con la consiguiente merma demográfica, que se tardo tiempo en remontar, hasta la introducción de otros cultivos como la cochinilla, y posteriormente, el tomate .

En la actualidad, su economía sigue basándose en la agricultura, siendo los cultivos de frutas tropicales, mango, papaya, aguacate, etc, los que predominan.

La pesca que tuvo gran importancia, en otros tiempos, está practicamente desaparecida, mientras que, procedente de la ganadería, se elabora un apreciado queso artesanal.

Agaete tiene una población de mas de 5.000 habitantes, y es un pueblo todo blanco, con los dinteles de las puertas, ventanas y balcones en azul; queda muy bonito.

Después del descanso en el hotel, bajamos al núcleo urbano central, desarrollado alrededor de la iglesia de la Concepción.

                                                    
Esta iglesia, fundada en el s. XVI, estaba en estado ruinoso cuando llego el s. XIX, en que se procedió a algunos importantes arreglos, que acabaron en 1.874, y que no duraron mucho, pues un año mas tarde la iglesia sufrió un pavoroso incendio, que destruyo gran parte de su patrimonio en objetos de  culto e imágenes.

Después de numerosas gestiones se puso la primera piedra para un nuevo templo en 1.875, que es el que se puede contemplar actualmente.

El templo de tres naves, con fachada ecléctica rematada por una sola torre, resulta esbelto y bello; la Plaza de la Constitución, donde se encuentra la iglesia de la Concepción,  está rodeada de casonas de los antiguos burgueses de Agaete, y tiene, como no, los laureles tan característicos por su frondosa sombra, como en tantos otras villas, pueblos y ciudades canarias.


Fuimos después hasta la sede actual del Ayuntamiento de Agaete, antigua casa de la familia De Armas, que fue de las mas importantes, si no la mas importante de la zona, en los s.s. XIX y XX, algunos de cuyos miembros llegaron a pertenecer a la Diputación de Canarias, con sede en Santa Cruz de Tenerife, presidida por don José de Armas, hermano de los alcaldes de Agaete, don Antonio y don Santiago de Armas.

Esta visita tenía para nosotros, sobre todo para mi marido, un carácter, casi, de peregrinación, ya que él mismo pertenece por parte materna a esta familia, aunque ya desligada de Agaete.

La antigua casa Armas tiene sabor canario, aunque, una especie de bosquecillo de palmeras impide su vista; hay que rodearla para poder verla, aunque la visión total resulta algo incompleta.

                                          
 La familia Armas fundo un jardín botánico, con semillas traídas de todo el mundo, especialmente de América, que llego a tener mas de 300 especies tropicales, el Huerto de las Flores, delicioso jardín donde se reunían destacados poetas y literatos de la isla, como Tomas Morales, Saulo Toron, Alonso Quesada etc.

                                                                  
 No pudimos ver este jardín tropical, pues estaba cerrado  la tarde que pasamos en Agaete; fue una pena.

Regresamos al hotel, para pasar una agradable velada.

Empezamos la mañana siguiente, nuestro último día en Gran Canaria, con un paseo, antes del desayuno.

El hotel tiene un pequeño jardín que da al mar y una rampa de cemento para bajar hasta la orilla,  aprovechada para dos o tres piscinas semi naturales de agua de mar.
                                                         


El sol todavía no "quemaba", mas bien estaba oculto tras las nubes o, quizás, la bruma, y un vientecillo bien fuerte circulaba a sus anchas; hay que saber que el viento es una fuerza constante en Agaete, no descansa nunca.

Llegamos andando por un paseo bien hecho, hasta el final del muelle, donde a la caída de la tarde íbamos a coger el ferry a Tenerife.

 Allí pudimos contemplar el mas conocido "monumento" de Agaete, obra, en este caso, de la naturaleza: el "Dedo de Dios", espectacular roque, que parecía un dedo apuntando al cielo, y que fue "amputado" por el furor de la tormenta tropical Delta, a finales del 2.005.
                                                                         
Antes de Delta
                                                                             
Después de la tormenta
Fue una pequeña caminata muy agradable que nos despertó el apetito para tomar un buen desayuno.

Una vez arreglados y recogido el equipaje, fuimos a conocer el otro núcleo urbano de Agaete, el primero que fue fundado y habitado, el Puerto de las Nieves y su entorno.

En esta ubicación se levanto la Torre o Casa Fuerte de Agaete, comandada por Alonso Fernández de Lugo, que elevo allí una ermita dedicada a la Virgen de Las Nieves, y que dio nombre al puerto.

Como he relatado mas arriba, después de desarrollar un próspero ingenio azucarero, Fernández de Lugo, se vio obligado a vender, con gran dolor, el Señorío de Agaete, para financiar la conquista de la isla de La Palma, que llevo a cabo, al mercader genovés Antonio Cerezo, uno de los personajes históricos mas conocidos y recordados de la villa, por haber encargado en Flandes el Tríptico de Nuestra Señora de las Nieves, atribuido al pintor flamenco Joos Van Cleve, instalado como retablo en la Ermita de las Nieves, y en el que Cerezo aparece, en las tablas laterales, junto con otros miembros de su familia


Paseamos, pues, por el Puerto de las Nieves. La primitiva Casa Fuerte todavía se conserva erguida en la margen derecha del barranco, pero su estado actual amenaza ruina, aunque se han levantado algunas voces pidiendo su restauración.

Vimos de nuevo el Dedo de Dios, pero su proximidad con el acantilado y la hora matinal, en la que se encontraba a contraluz, no lo dejaban ver bien.

Tras esta visita decidimos ir hasta La Aldea de San Nicolás, por la carretera llamada Anden Verde.

Esta carretera merece mención aparte, ya que se trata de una vía de muy difícil conducción, llena de curvas, todo el tiempo al borde del acantilado. Difícil y peligrosa en todo el trayecto y sobre todo en la parte que estaba en obras, que alargaba el transito, pues había que parar en una de las dos manos, y esperar un largo rato.
                                                                         

Las vistas de la costa y de la montaña son espectaculares, compuestas de acantilados con alguna inaccesible playita, y grandes montañas, barrancos y tajos, del otro lado.

Desde la carretera se ve de nuevo el Teide, levantándose sobre el mar.
                                                                             

  Agaete va alejándose conforme transcurren los retorcidos kms.
                                                              

Mi marido, que conducía el coche, quedo agotado de los 40 km de esta carretera, que le parecieron  400.

La Aldea de San Nicolás, nombre que le viene de la ermita fundada por los misioneros mallorquines en el s. XIV, dedicada a San Nicolás de Tolentino. llamada ahora, por lo general, solamente, La Aldea, se encuentra en un extenso valle, y fue inaccesible por tierra hasta la construcción de la carretera a Agaete en 1.935; esa dificultad en las comunicaciones explica que su comercio fuera durante siglos, principalmente, con pequeños barcos que iban a la isla de Tenerife, donde llevaban los productos agrícolas, maíz, patatas y hortalizas.

La Aldea fue poblada por aborígenes asentados en su costa y valles, que han dejado numerosos vestigios arqueológicos, no demasiado bien tratados, ni conservados por sus sucesivos habitantes, que siguen destrozándolos hoy día.
                                                         
 
Como este yacimiento, en el Anden Verde, en el cual han practicado simultaneamente, el robo y el gamberrismo.

Después de la conquista de Gran Canaria, en el repartimiento de tierras, Pedro Fernandez de Lugo, hermano de Alonso, posteriormente Adelantado de Canarias, obtuvo esta zona de San Nicolás de Tolentino.

Siguieron varios siglos de diferentes dueños y variados pleitos por el agua.

La conexión comercial con Tenerife a través del mar despertó el interés por San Nicolás de Tolentino, de Tomas Grimón, Regidor Perpetuo de Tenerife, que necesitaba tierras para acceder al estamento nobiliario, unido a la terratenencia en aquellos siglos, para lo cual adquirió gran cantidad de terrenos en este valle.

Su descendiente Tomas de Nava-Grimón fue el primer Marques de Villanueva del Prado y la familia conservo esta posesión durante 300 años, hasta que ya entrado el s. XIX, en 1.892 paso a poder de Sebastián Pérez, antiguo administrador y acreedor de los marqueses de Villanueva del Prado, (que casó con la sra. Galdós, padres de nuestro gran literato don Benito), para pasar entre los años 1923-27 a un consorcio de cuatro propietarios. Los conflictos antiguos, ya que no habían dejado de producirse desde el s. XVI, entre los distintos dueños de la tierra y los que la trabajaban, siguieron al rojo vivo entre los nuevos propietarios y los aldeanos, hasta que el pleito fue  resuelto por el Ministro de Gracia y Justicia, Galo Ponte, que visito la zona y fallo a favor de los aldeanos.

Tras la desaparición del latifundio, la introducción del cultivo del tomate y la agrupación de los caseríos dispersos en las fincas, se produjo un entramado urbano que es lo que se conoce, hoy día, como La Aldea.

Por otro lado la dependencia municipal de Tejeda concluyo en 1.812, año en que se constituye como alcaldía, lo que dio lugar, también, a un cierto desarrollo.

Bien, pues después de atravesar el Anden Verde, sufriendo las obras, las curvas y las pendientes, contemplando, sobre todo yo, el esplendoroso paisaje, llegamos al núcleo urbano, La Aldea de San Nicolas, en un extenso valle, hoy día "adornado" con los productivos invernaderos.
                                                                               

El único edificio destacable que vimos fue el de la Parroquia de San Nicolás, heredero de la primitiva ermita, pero de factura nueva, construido en 1.972.
                                                                             
                                                                                     
No he podido saber que fue del edificio antiguo, sin duda destruido.

Después de dar una vuelta por La Aldea, donde hacía bastante calor y de refrescarnos en el interior de un bar, no vimos terraza exterior, con una cerveza bien fría, volvimos a recorrer el Anden Verde de vuelta a Agaete.
                                                                               
 

Las espectaculares vistas y la dureza de la carretera nos acompañaron como a la ida.


Allí nos fuimos a un bar con vistas a la playa, donde, estuvimos un largo rato, con una gran jarra de cerveza bien fría, para reponernos.

 La playa estaba muy animada; a pesar de ser de cayados, nombre que damos en Canarias, no se si también en otros sitios, a las piedras medianas y pequeñas redondeadas, sobre las cuales andar es bastante penoso; grandes y pequeños se desplazaban sin problemas, metiéndose y saliendo del agua. Los niños, sobre todo, lo pasaban en grande.

                                                                                       
Una vez recuperados con esa cerveza y el descanso, nos trasladamos a una terraza cercana, protegida del viento, y esto es importante, pues el alisio no deja de soplar en Agaete. Según me dijo el camarero que nos atendió, y a pesar de que a mi me parecía que había una brisa huracanada, a él le parecía un día "de cine" por lo flojo que soplaba.

Después de tomar una merienda, a base de productos del mar, que nos serviría de cena, dada la hora en que íbamos a llegar a Tenerife, llego el momento de subir al ferry, junto a una gran cantidad de gente, coches y camiones.
                                                                                           

Nosotros habíamos establecido la entrega del coche de alquiler, en el mismo muelle del ferry, cosa que hicimos.

Pudimos contemplar de nuevo el "Dedo de Dios", esta vez iluminado por la mejor luz del día, la de poniente.

El viaje Agaete-Santa Cruz de Tenerife tarda una hora, llegar a casa un poco mas, pues al ser ya de noche y no conocer las salidas del muelle, dimos unas cuantas vueltas extra de mas.

En cuanto al viaje, lo mejor que tiene es que es corto, pues el mar es bastante movido; yo no mareo en barco, pero creí que iba a estrenarme en esa hora.

El viaje a Gran Canaria había concluido. Preciosa isla, que habíamos recorrido; esplendidos e impactantes paisajes que habíamos disfrutado, tanto en la Cruz de Tejeda como en Agaete.

Ahora nos esperaba el resto del veraneo en Tenerife, con el cual disfrutamos también, mucho.

1 comentario:

  1. Como siempre da gusto leer tus entradas. Muy recomendable cuando tenga que viajar a ciudades nuevas o ya vistas por la información que nos das.
    Un abrazo fuerte,
    Consuelo

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