lunes, 1 de diciembre de 2014

Opera en el Teatro Real de Madrid: El elixir de amor

                                                                                 

Hace ya muchos meses comenzó la temporada de ópera 2013-2014 en el Teatro Real de Madrid, con la preciosa ópera " El elixir de amor". Asistimos a la representación del día 7 de diciembre, y a poco no llegamos, pues caminar deprisa por Madrid en tales fechas es casi temerario, por la cantidad de gente que hay en todo el centro de la capital.
                                                                             

Ya había tenido ocasión de ver, hace años, esta ópera, una de las mas, si no la mas representada del
compositor, que tiene una de las arias mas famosas, bellas y emocionantes del bel canto: "Una furtiva lacrima".

El elixir de amor es una ópera cómica en dos actos del compositor italiano Gaetano Donizetti (1.797-1.848) con libreto de Felice Romani, estrenada en el Teatro de la Cannobiana de Milán, el 12 de mayo de 1.832.

Donizetti fue contratado por el empresario del teatro para escribir una ópera en dos semanas. A pesar de la premura del encargo, el resultado obtenido entre compositor y libretista fue un éxito desde el primer momento, y se podría decir que hasta nuestros días.

Donizetti uno de los tres compositores, máximos representantes del bel canto, junto a Rossini y Bellini, nació en una zona suburbana de Bergamo, Borgo Canale, siendo el tercero de los hijos de una familia pobre, sin tradición musical,

Sin embargo recibió instrucción musical del párroco de la principal iglesia de Bergamo, el alemán afincado en Italia, Johan Simon Mayr, compositor, él mismo, de óperas exitosas, que tenia una escuela de música en Bergamo, Lezione Caritatevoli, en la cual Donizetti obtuvo una beca. Su formación musical integral incluyo el arte de la fuga y el contrapunto, que propiciaron su carrera operística.

Después de algunas composiciones menores y de tres óperas, el importante empresario de teatros Domenico Barbaia le ofreció un contrato para componer en Nápoles, a lo que siguieron obras compuestas en Roma y Milán, hasta llegar a la  enorme cifra de 75 óperas compuestas en 12 años, que fueron éxitos populares, aunque no tanto de crítica.

El año 1.830 supuso su reconocimiento universal, al ser premiada, en Milán, su ópera Ana Bolena, lo que lo condujo a hacerse famoso en toda Europa.

Poco después, en 1.832 compuso El elixir de amor, considerada una obra maestra de la ópera cómica.

Sin embargo Donizetti, con toda su fama, tuvo una vida que podemos calificar de desdichada.
Tuvo, con su esposa Virginia Vaselli, tres hijos que murieron en la infancia; sus padres y esposa murieron con menos de un año de diferencia, y a partir de 1.843 los efectos de la sífilis que padecía se mostraron evidentes, llevándole, finalmente a la locura.

 Bien, pues con el encargo del empresario del Teatro de la Cannobiera de Milán de componer una opera en dos semanas se reunieron Donizetti y Felice Romani libretista, colaborador asiduo del compositor.
                                                                         

Felice Romani (1.788-1.869), poeta, profesor de literatura y mitología y libretista, se inspiro para el tema, nada original, del filtro de amor, en otro libreto del dramaturgo francés Eugène Scribe
para la ópera del compositor Daniel Auber "El filtro", que, a su vez, había sacado el argumento de la obra del mismo título de Silvio Malaperta, traducido del italiano al francés por Stendhal.

La obra salida de la colaboración entre Donizetti y Romani alcanzo inmediatamente el éxito, ya que combina su maravillosa música, con una historia sencilla, aunque de contenido profundo, respecto al estudio de la naturaleza humana, inspirada por los personajes de la comedia del arte.

Adina, muchacha bonita, rica y un tanto frívola tiene dos enamorados, el desenvuelto sargento Belcore, con el que coquetea y el tímido campesino Nemorino, que esquiva.

Estando todos presentes ella cuenta la historia de Tristan e Isolda, cuyo destino sello un filtro de amor, relato que produce gran interés en Nemorino.

Al poco llega al lugar un charlatán, Dulcamara, que se llama a si mismo doctor, vendiendo, precisamente, un filtro de amor. Es lo que ha estado esperando Nemorino, que usa su poco dinero en comprar una botella del brevaje, que, él no lo sabe, no es mas que vino barato.

Impulsado por sus deseos amorosos sobre Adina, bebe la botella de un trago y se embriaga, produciendo en su amada un rechazo tal que la hace prometerse con el fanfarrón militar Belcore, que ese mismo día debe marchar.

Adina pospone la boda hasta que todos los invitados a la misma, incluido Nemorino, puedan asistir, y mientras tanto este quiere probar con otra dosis del supuesto filtro mágico. Como ya no tiene dinero se enrola en el ejercito, que paga la entrada de nuevos soldados y con ese dinero compra una nueva botella de... vino.

En esta ocasión la bebida produce un efecto contrario al deseado, una imprevisible indiferencia hacia el antiguo objeto de su amor.

No se ha desinteresado, apenas, Nemorino de Adina, cuando es esta la que se da cuenta de que está enamorada de él; los efectos de la indiferencia sobre el complicado asunto del amor.

Para que Nemorino no tenga que irse, Adina rescata su enrolamiento en el ejercito, y le declara su amor, momento que el falso doctor Dulcamara aprovecha para promocionar su filtro, atribuyendole este último resultado y consigue, así, vender toda la mercancía.

Ahora pasemos a la puesta en escena ofrecida por el Teatro Real, a cargo del joven director de escena italiano Damiano Mechieletto, que ha trasladado la acción desde un pequeño pueblo, en el s. XVIII, donde la situaron sus autores, a una abigarrada playa en plena temporada, casi tan llena como las autenticas durante el verano, quizás porque el montaje se ha realizado en colaboración con el Palacio de las Artes de Valencia, y estrenado en esa región, abundante en playas muy concurridas.

El caso es que, fuera de estación, nos vemos trasladados a la playa, con sus tumbonas, todas ocupadas por bañistas de ambos sexos, el vendedor de flotadores, cuerpos atléticos y otros no tanto, en bañador, guardias municipales, niños corriendo y deslizándose por el tobogan, torreta de socorristas haciendo aspavientos, e incluso un macarra, todos los cuales no cesan de ir de un lado para otro, tumbarse en hamacas, quitarse y ponerse ropa, hacer gimnasia, y en fin armar un buen barullo, que tiende a distraer y no aporta nada; una puesta en escena chabacana y banal.
                                                                                     

En la tranformación del ambiente, también los personajes han cambiado, Adina es la dueña del chiringuito de la playa, en vez de rica terrateniente, Nemorino es un socorrista, y Dulcamara añade a su oficio de traficante de elixires, el de "camello", vendiendo bolsitas con polvo blanco, y mas parece un chulo de playa que otra cosa.

En cuanto a los cantantes, nos toco el segundo reparto. A la soprano sueca Camilla Tilling, que interpreto a Adina, la habíamos visto en la opera San Francisco de Asís, de Olivier Messiaen, la temporada pasada, en el papel del Ángel, que me fascino.

En "El elixir de amor" el papel le viene grande vocal y temperamentalmente, aunque tengo que decir que fue de menos a mas.
                                                                               

Nemorino corrió a cargo del joven tenor jerezano Ismael Jordi, que destaco con bellas tonalidades en algunos momentos, y canto pasablemente el aria mas famosa de esta ópera,  Una furtiva lacrima.

 Paolo Bordogna en el papel de Dulcamara, y el resto de interpretes estuvieron correctos. El coro me había gustado mas en otras ocasiones.

En cuanto al director de orquesta francés, Marc Piollet, se puede decir lo mismo, solo correcto, sin chispa, ni demasiado impulso, trazando una función demasiado convencional.

Pero la obra de Donizetti aguanta todo tipo de, podriamos decir, aberraciones, así que me gusto y la disfrute, eso si tuve que hacer un esfuerzo de concentración, para no ver la horterada del montaje, y su incesante movimiento .

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