domingo, 22 de marzo de 2015

Alcestes en el Teatro Real de Madrid

                                                       

Hace ya mas de un año asistí a esta ópera: Alcestes, en el Teatro Real, concretamente a la función del 9 de marzo de 2014.
                                                                       

 Una circunstancia fortuita hizo que el día anterior, 8 de marzo, falleciera el antiguo director artístico del Teatro Real, Gerard Mortier, que se había retirado hacia unos meses de este puesto, cuando le fue diagnosticada una grave enfermedad, que no pudo superar, aunque había continuado siendo asesor artístico.

No puedo decir que me haya gustado su labor como director del Teatro Real, ni mucho menos, mas bien he lamentado, no precisamente la elección de óperas, de la cual era un gran conocedor, sino mas bien la puesta en escena de muchas de ellas, su expresada afición a resaltar algunos episodios de nuestra historia que se inscriben en la "leyenda negra", mientras los ciudadanos del país que le pagaba, estábamos inermes, clavados en la silla, el exceso de escenas eróticas, en absoluto necesarias, la introducción de "pegotes", que no venían a cuento, en alguna de ellas, y, en fin,  un cierto mal gusto, que ha flotado en el ambiente estos cuatro años, lo cual ha producido una deserción importante de muchos abonados, muchas butacas vacías y el abandono, en plena función, de algunos espectadores.

En todo caso, ahora que el personaje nos ha dejado, le deseo que descanse en paz. Se guardo un minuto de silencio en su memoria, después de una breve intervención del Presidente del Patronato del Teatro Real e incluso, algunos espectadores se pusieron en pie.

La ópera representada fue Alcestes de Christoph W. Gluck (1.712-1787) compositor alemán nacido en Erasbach, Baviera, cerca de la frontera con el Imperio Austro-Húngaro, del cual no se puede decir que sea un completo desconocido para el espectador medio actual, pero cuya limitada fama es injusta, pues Gluck es una de las figuras claves de la historia de la ópera.

Hijo de un inspector forestal, se mostró rebelde en su adolescencia, hasta el punto de fugarse de casa, ganandose la vida como músico ambulante, aunque luego se reconcilio con su padre y estudio en la Universidad de Praga y, mas tarde música, en Milan.

Durante muchos años compuso operas italianas, genero que conocía bien. Sin embargo su importancia para la ópera se debe a que propugno la primera gran reforma de este genero, coincidiendo con muchos de los planteamiento de Richard Wagner, un siglo después, y a la influencia que ejerció sobre el joven Mozart.

Gluck purifico y engrandeció la recargada opera barroca italiana, acabando con los convencionalismos y la tiranía de los cantantes, simplificando los inverosímiles y complicados argumentos, en resumen, produciendo la transición musical del barroco al neoclasicismo.

Al haber sido preceptor musical, durante años, de los hijos de la emperatriz María Teresa de Austria, entre los que estaba la futura reina de Francia, María Antonieta, pudo trasladarse a París, donde gozo de la protección incondicional de la reina,

En París sus óperas suscitaron una amplia polémica entre los partidarios de la renovada, por él, ópera francesa y la tradicional ópera italiana, que produjo, incluso, panfletos insultantes contra el compositor, y origino la disputa entre partidarios de Gluck y otros del músico italiano Niccolo Piccinni, compositor de óperas tradicionales barrocas, y apoyado por numerosos seguidores, y del cual hoy día nadie se acuerda, produciendo la conocida como la Querella entre gluckistas y piccinnistas.

Tras un ataque de apoplejía, y cierto desencanto por la pobre acogida de su última ópera estrenada en Paris, Eco y Narciso, regreso a Viena, donde volvió a ocupar un cargo en la corte, y donde entablo amistad con Leopoldo y Wolgang A. Mozart, en los últimos años de su vida.

A pesar de la popularidad que tuvo en vida y de los muchos honores que recibió, Gluck paso al olvido durante el s. XIX, para ser, podríamos decir, redescubierto tras la Segunda Guerra Mundial, siendo frecuentemente representadas su obras, hoy día.
                                                                 
Pasemos ahora a la ópera que se representaba esta noche.

Alcestes, ópera en tres actos con música de Gluck y libreto del poeta y libretista italiano Raniero Calzabigi (/1.714-1.795), famoso por sus varias colaboraciones con el compositor, en el proyecto de reforma de la ópera, inspirada en el Alcestes del dramaturgo griego Euripides (480-406 a.C),  fue estrenada por primera vez en Viena, en 1.767.
                                                                         

El estreno en París siete años mas tarde, en 1.774, supuso una total remodelación de la ópera, de tal manera que son casi dos operas distintas: los personajes no son exactamente los mismos y las escenas están ordenadas de forma diferente, ya que el libreto fue, podemos decir reescrito, por el diplomático, dramaturgo y libretista francés Gand Le Bland du Roullet. La versión parisina es considerada superior a la anterior y es la que se ha representado desde el s. XX, en los principales teatros del mundo, y pudimos ver en el Teatro Real de Madrid.

El argumento, en el que intervienen, tanto dioses como mortales, narra el sacrifico de una amante esposa Alcestes, cuyo marido, el rey Admeto, se halla gravemente enfermo, y es conocedora por el oráculo, de su inminente muerte, a no ser que algún humano muera en su lugar.

Alcestes se ofrece para morir en lugar de su marido, y el pueblo celebra la salvación de su rey.

Sin embargo Admeto se entera de que otro morirá en su lugar, y no sabe que es su esposa, hasta que contempla su entristecido rostro. Inmediatamente se niega al sacrificio de su mujer y decide seguirla a la tumba.

El pueblo lamenta la suerte de Alcestes y por ende la del rey, pero entonces llega Hércules, amigo de los esposos que jura salvarlos.

Alcestes se dirige al Hades seguida por Admeto; ambos discuten pretendiendo morir uno en lugar del otro, pero los dioses del Olimpo, conmovidos por tanto amor conyugal, deciden salvar a ambos. Final feliz, como premio a tanto intento de sacrificio.

La música de Gluck, que acompaña este trágico argumento es solemne, severa y magnifica; no hay "arias", como en el ópera italiana, pero me resulto bella y grandiosa.

El recién nombrado director musical de la orquesta del Teatro Real, el inglés Ivor Bolton, desaprovecho esta grandeza musical, pues su dirección fue poco estimulante, con poca tensión. Se salvaron algunos momentos del coro, y algunos acompañamientos de los cantantes.

Nos toco el segundo reparto, con la soprano ucraniana Sofia Soloviy, cuya voz, poco adecuada al difícil papel de Alcestes, que necesita mayor peso y consistencia.
                                                             

El tenor americano Tom Randle, en el papel de Admeto, tampoco resulto convincente, con una voz poco atractiva, engolada en algunos momentos y sonidos forzados.

Willard White, veterano bajo-barítono jamaicano, conocido mio de otras interpretaciones en el Teatro Real, cumplió su papel doble, como Thanatos y Sumo Sacerdote, con solvencia, aunque se le empiezan a notar los años. El resto del reparto a una altura conveniente, aunque a veces no convincente.

Y por último tengo que referirme a la puesta en escena de Krzisztof Warlikowski, al cual ya tuve que soportar como escenógrafo en la ópera Popea y Nerón, hace dos temporadas.

La época se traslada desde la Grecia clásica a nuestros días, y para, podemos decir de una manera un tanto vulgar, abrir boca, empieza con una entrevista periodística, protagonizada por la soprano que cantara mas tarde  Alcestes, representando a la fallecida princesa Diana de Gales, en la que esta declara que no amaba a su marido y que en un matrimonio tres son demasiados y algunas intimidades mas; así que, como sabemos, se dedico a hacerle la vida imposible a su marido, y ambos nos informaron por medio de la televisión, de las faenas que se hacían el uno al otro. ¿Qué, iba a decir demonios, tienen que ver Alcestes y Diana?

En ningún momento queda claro el proceso mental de Warlikowski. Lo que en cambio queda claro es el mal gusto de este escenógrafo, y su desagradable puesta en escena.

La trama, transcurre, en gran parte, en una morgue, donde los muertos se contorsionan, clara referencia a los populares "Zombies" seguramente, y nos ofrecen, supuestas autopsias y macabras escenas sexuales.
                                                   

En este ambiente, el argumento se desvirtúa y banaliza, los dioses quedan ridiculizados y en el momento culminante, cuando Admeto se entera de que es su mujer la que ha ofrecido su vida por él, una bailarina de flamenco irrumpe en el escenario, batiendo palmas y contoneandose, sin ton ni son, por todo el escenario incluso en los momentos mas dramáticos.

Después de esta falta de respeto a  Gluck, a los espectadores y a Euripídes, muchos de ellos abandonaron su butaca.

Warlikowaki, que había recibido abucheos y pataleos, en la primera función, no salio a saludar.

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