lunes, 29 de abril de 2013

Frías

                                                                   

Seguimos, pues, desde Oña hasta Frías.

Tuvimos poca suerte pues nos metimos en un camino equivocado y después de atravesar un bosque de pinos cuesta arriba, ya con la impresión de que aquello era raro, llegamos a un pueblo desierto, parecía abandonado, desde el que no se llegaba a ninguna parte, al menos por una carretera donde pudieran circular coches que no fueran todo terreno.

Bajamos el monte  y proseguimos por la carretera general, para completar los pocos kilómetros, unos 26, que hay de una población a otra.

Llegamos a Frías atravesando el río Ebro, sobre el cual hay un puente medieval, del cual hablare mas adelante, que fue nexo de unión entre Castilla y el norte de España,

Era la hora de comer, y allí, al lado del puente vimos un anuncio de restaurante. Tuvimos suerte porque el lugar no ofrecía decoración esmerada, pero sí excelente comida, se trataba de un asador y enseguida nos fue informado que acababan de hacer, cochinillo.

 El lugar estaba lleno, pero nos fue habilitada una mesa, donde comimos muy bien, todo productos típicamente castellanos, como la rica morcilla de Burgos, el cochinillo asado, con acompañamiento de pimientos rojos asados, y de postre cuajada con dulce de membrillo, no se puede pedir mas.

Una vez tan bien repuestos, decidimos subir hasta la población, que se veía en lo alto, andando, para aligerar la digestión y disfrutar de la vista de Frías. Era una pequeña caminata de alrededor de 1 km.
                                                                                   

Frías, oficialmente Ilustrísima ciudad de Frías, es la ciudad mas pequeña de España, pues cuenta con menos de 300 habitantes.

Tiene el titulo de ciudad desde 1.435, año en que se lo concedió el rey Juan II de Castilla.

Frías, cuyo nombre procede del de Aguas Fridas, se encuentra en la comarca burgalesa de Las Merindades, enriscada en el cerro de La Muela.

Su situación, cercana al río Ebro, hizo de ella un enclave estratégico de paso, entre la meseta y el mar Cantábrico, desde época romana, y sobre todo en época medieval, cuando dio lugar a la gran prosperidad de la ciudad y a la creación de su conjunto monumental.

Sorprende su silueta, que recorre el cerro alargado desde el castillo, en un extremo, a la iglesia de San Vicente en el otro.

Aparece citada por primera vez en el s. IX, en que se procede a la repoblación de estas tierras tras su reconquista a los musulmanes.

Su historia medieval es un tanto accidentada.

En el s. XI el conde Sancho García, nieto del fundador de Castilla, conde Fernán González, adquiere la villa, que, a su muerte, pasa al reino de Pamplona-Nájera, para volver de nuevo a Castilla en 1.202, cuando el rey Alfonso VIII le concede el Fuero de Logroño.

Gracias al Fuero adquiere un gran desarrollo económico y extiende su influencia a todo el Valle de la Tobalina, donde está asentada.

 También en el s. XIII, el castillo, una de las primeras fortalezas construidas en el s. X, que había pasado por herencia a la dinastía Armengol, de la Seo de Urgel, fue entregado a la corona.

Juan II la nombro ciudad en 1.495 con el objeto de permutarla al Conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco, por otra de sus villas.

Desde entonces los Velasco, que mas tarde serian nombrados Duques de Frías y Condestables de Castilla, por los Reyes Católicos, en la persona de Bernadino Fernández de Velasco, III Conde de Haro, pasaron a ser señores de Frías, hasta la abolición del régimen señorial en 1.811.

En un primer momento Pedro Fernández de Velasco favoreció mucho el lugar, reformando y restaurando el castillo, pero después, las constantes subidas de impuestos y el incumplimiento del Fuero, provocaron gran descontento entre los habitantes de Frías, que se amotinaron y se refugiaron tras las murallas del castillo, hasta que fueron reducidos, tras un asedio de varios meses.

Los s.s. XV y XVI, fueron prósperos, pero tras el cambio de dinastía y la llegada de Felipe V de Borbón al trono, a comienzos del s. XVIII, tanto los Duques de Frías, que tomaron el partido por el otro pretendiente al trono, el archiduque Carlos de Habsburgo, como Frías, fueron castigados, y Frías se vio perjudicada al quitarle la jurisdicción sobre numerosas aldeas, que pasaron a depender de Oña.

 Hoy día Frías ofrece su conjunto monumental, perfectamente conservado en su trazado medieval, restos del recinto amurallado, el conjunto de casas colgantes y su tres destacados monumentos, el castillo, la iglesia de San Vicente y el puente medieval.

El castillo de Frías, actualmente propiedad del Ayuntamiento,  puede que no sea el mas bonito, pero es de los mas espectaculares de Castilla.
                                                                             

Es una mezcla de construcciones y reconstrucciones desde los s.s. XII al XVI. Todo el perímetro tiene altos muros, con numerosas saeteras y está rematado por almenas.

 La torre del homenaje, curiosamente, está fuera del castillo, en una escarpada roca, y por los desprendimientos de la base rocosa, ha visto alterada su estructura.

                                                                       
Subimos hasta lo mas alto del castillo desde el que se tienen amplias panorámicas de la comarca

                                                                       


Después seguimos para pasar al otro extremo del cerro, hasta llegar a la iglesia de San Vicente


De la primitiva iglesia de San Vicente, de la misma época del castillo, cuya primera factura fue románica, quedan pocos vestigios. Fue mandada construir en 1.517 por el deán de Sigüenza don Clemente López de Frías y concluida dos años después.

                                                             
 Durante la Guerra de la Independencia fueron ocupados tanto el castillo, como la iglesia, por el ejercito invasor de Napoleón y los destrozos que hicieron, con la acumulación de material de guerra pesado, pueden estar en el origen del derrumbe ocurrido en 1.904, de la torre, la nave lateral izquierda y  parte de la nave central, el pórtico de la entrada y un rosetón gótico.

El pórtico románico que se conservo, fue vendido al Museo de Claustros de Nueva York, y con el dinero de esta venta fue reconstruida la iglesia, por el arquitecto burgalés Calleja, en un estilo que podríamos llamar ecléctico, que no desentona del todo con el resto de la ciudad medieval.
                                                                   

 De su época antigua perdura un precioso arco plateresco.

                                                                                 
También hay una bonita panorámica del otro lado del cerro, desde allí.

El interior de la iglesia está mas conservado que el exterior; se ve la traza gótica de sus naves.
                                                                       

La iglesia contiene varios retablos entre los cuales destacan el retablo Mayor, y sobre todo el de la capilla de la Visitación, realizado por el pintor Juan de Borgoña, una preciosa reja de forja y dos sepulcros platerescos.

                                                                       

 Además la iglesia posee una buena colección de imaginería del s. XVI, una sillería de coro barroca,
                                                                           

 un buen órgano,
                                                                             

 y varias importantes pinturas.

Una vez disfrutada la visita externa e interna de la iglesia y sus vistas panorámicas, recorrimos el pueblo, con su trazado medieval y sus casonas, de esa y otras pasadas épocas.
                                                                         

Como esta, que es la sede del Ayuntamiento.
                                                                                    

O esta calle con el castillo al fondo.

Contemplamos las "casas colgadas", muy bien conservadas, que son, por si mismas, un espectáculo.

           
Bajamos por el mismo camino de subida, pero ahora teníamos el puente medieval a la vista.

El tercer monumento importante de Frías es, en efecto, este puente medieval, sobre el río Ebro, uno de los mejores puentes fortificados de España.


Fue un puente romano por el que pasaba la calzada, vía de comunicación entre la meseta y la costa Cantábrica, que también enlazaba con La Rioja; fue modificado en el s. XIII, aprovechando los soportes romanos sobre el río, de manera que lo que ha llegado hasta nosotros es principalmente medieval, ofrece una bella estampa, que, como tuvimos ocasión de contemplar, se refleja sobre el río.
                                                                                 

Llama la atención la esbelta torre central, habitual en los puentes medievales, pero que, en general,  no se han conservado.
                                                       

En la Edad Media, se utilizaban los puentes como un puesto de "aduanas", cobrando el pontazgo o peaje, impuesto sobre las personas y sobre todo sobre las mercancías, con las que se comerciaba, gran fuente de ingresos para la ciudad.

Paseamos un buen rato por un prado al lado del río contemplando el puente y la ciudad de Frías a lo lejos.

El tiempo había ido empeorando, de tal manera que cuando llegamos a Poza de la Sal, nuestra base, empezó a llover a jarros. Salimos bajo la lluvia a tomar algo en el mismo bar de la tarde anterior, mientras el agua corría por aquellas empinadas calles.

Preciosa excursión a estas tres joyas de Castilla, Poza, Oña y Frías.                                                                                                                                                    

lunes, 22 de abril de 2013

Buñuelos de viento

                                                                           

Aunque los buñuelos de viento son unos dulces típicos de Semana Santa y esta ya ha pasado, yo los he hecho ahora, pues no tuve ocasión durante la  festividad pasada.
Son también propios de la fiesta de Todos los Santos (de noviembre), o de Carnaval, pero...son deliciosos en todo momento


Ingredientes
                                        
4 huevos
125 g de harina
25 g de mantequilla
2 cucharadas soperas de azúcar
1 limón
325 ml de agua
1 pellizco de sal
aceite
azúcar glass


Para el relleno de crema pastelera
                                                                      
500 ml de leche
1 limón
3 yemas de huevo
1 1/2 cucharadas de maizena
1/2 cucharada sopera de harina
5 cucharadas de azúcar

Elaboración

Poner en un cazo en el fuego el agua, la mantequilla, el azúcar, la ralladura de la corteza de limón y el pellizco de sal.
                                                                   

Cuando la mezcla hierve echar de una vez la harina y sin retirar del fuego darle vueltas con una cuchara de madera hasta que la masa se desprenda de las paredes del cazo.

Retirar del fuego y dejar que la masa se enfríe .

Cuando la masa este templada se incorporan los huevos uno a uno hasta que cada uno este bien incorporado a la masa.
                                                             


Dejar reposar dos horas.

Poner el aceite a calentar en una sartén honda.

Cuando aun no esta muy caliente separar del fuego y echar dentro unas bolitas de masa.
                                                                                 

Dejar unos momentos apartada la sartén del fuego para que la masa se infle y suba a la superficie.

Entonces volver a poner la sartén en el fuego asta que los buñuelos se doren.

Sacar con la espumadera y colocar encima de papel de cocina absorvente.

El secreto del éxito de estos buñuelos está en dejar que se hinchen bien para que no quede masa cruda en el centro .

Se pueden servir templados o fríos, espolvoreados con azúcar glass o rellenos de crema pastelera.

Para la crema pastelera.

Poner en un cazo la leche a hervir con el azúcar y la corteza de limón

En un bol batir las yemas con  la maizena y la harina y mezclar bien.

Añadir un cucharón de leche del cazo muy poco templada, muy despacio sobre la mezcla de yemas y harinas.

Una vez bien desleido incorporar poco a poco a leche y sin dejar de remover esperar a que engorde; cocer unos minutos.

Dejar que enfríe para usarla.                                                                                        


lunes, 15 de abril de 2013

Edades del Hombre. La sede: Oña.

                                                                                     
 El día siguiente el tiempo había cambiado, el día estaba nublado y neblinoso.

El camino desde Poza de la Sal a Oña, de tan solo 13 km, estaba precioso, a pesar de la niebla, ya que el otoño revestía el campo de sus colores, y en esta zona del norte de Burgos hay mucho arbolado, ríos y prados.
                                                                              
Llegamos a Oña, donde ya se notaba cierta actividad en las cercanías del Monasterio de San Salvador, en la que estaba instalada la XVII exposición de las Edades del Hombre, de nombre Monacatus.
                                                                              

 Como es fácil adivinar el tema elegido es la vida consagrada, y para su descripción se han elegido 137 piezas entre las cuales hay cuadros, con representación de grandes pintores como Zurbarán, el Greco o Goya, esculturas, libros, reliquias, etc., repartidos en seis capítulos que analizan la importancia del monacato, tanto en el plano religioso, como su relación con la monarquía, y su relevancia en la formación de Europa, especialmente en el caso de la orden benedictina.

                                                                                 
Además de las piezas que provienen de otras iglesias y monasterios de Castilla y León, de la iglesia del propio monasterio de San Salvador de Oña, se han integrado en la exposición algunos elementos como la sillería, del s. XV, obra de fray Pedro de Valladolid; las pinturas murales que relatan la vida de Santa María Egipciaca, o el crucifijio románico que perteneció a la primera abadesa del monasterio, Santa Tigridia.

También hay una representación de pintores del s. XX, como Vela Zanetti, autor de un gran cuadro que representa a San Benito, el fundador de la orden benedictina, que fue la que permanecio mas tiempo en este monasterio.

Antes de entrar en el monasterio hablemos un poco de Oña.
                                                                                   
                                                                                    
Oña, capital de la comarca burgalesa de La Bureba, con algo menos de 1.200 habitantes, está situada al pie de los montes Obarenes, y se halla surcada por el río Oca, afluente del Ebro.

El nombre de Oña proviene de la lengua que hablaban los autrigones, pueblo celta asentado en estas tierras; la palabra Onna, de la cual derivaría el topónimo, significa fresno, árbol propio de zonas frescas, regadas por ríos, manantiales y fuentes, como es el caso.

Aunque su entrada en la historia se puede situar a medidos del s. VIII, como baluarte norteño contra los moros, no es hasta el s. X cuando aparece en un documento que habla de su alfoz, agrupación de pequeños asentamientos rurales, que pertenecen al concejo de una villa, que se convertirían en la base del Condado de Castilla.

Es, en efecto, el conde Sancho García, nieto de Fernán Gonzalez,  creador de Castilla, el que funda el monasterio de Oña, en el año 1.011, como comunidad dúplice (para ambos sexos), para su hija Tigridia.

Desde esa fecha Oña estuvo ligada a la poderosa abadía benedictina, que con el tiempo se convirtió en una de las instituciones mas influyentes del reino de Castilla.

El esplendor del monasterio llegaría con el rey Sancho III el Mayor, de Navarra, que introdujo la reforma cluniacense y nombro abad a San Iñigo.

El monarca navarro, así como el rey Sancho II de Castilla, reposan en el Panteón Real del Monasterio, junto a condes de Castilla.
                                                                     

Durante la Edad Media el monasterio de Oña fue el mas importante de Castilla;  el poder del abad era autónomo del del rey, y sus dominios llegaban hasta el mar Cantábrico.
                                                                       
La invasión francesa, a comienzos del s. XIX primero, con su cortejo de destrucción y pillaje, y la desamortización del año 1.835, con el abandono del monasterio por parte de la Orden benedictina, tuvo por consecuencia bastantes años de decadencia, hasta que en 1.880 los jesuitas se instalaron en el monasterio y fundaron en él las facultades de Filosofía y Teología

Después de diversos avatares, y tras casi un siglo de implantación, los jesuitas vendieron el edificio a la Diputación de Burgos en 1.967, y sus facultades universitarias pasaron a Deusto, en Bilbao, mientras los fondos bibliográficos, de veintitrés incunables, dos mil libros del s. XVI, y veinte mil volúmenes de los s. XVII y XVIII, pasaron a formar parte de la biblioteca de la Universidad Pontificia de Comillas, en la sede de Cantoblanco.

El Monasterio es un complejo arquitectónico impresionante, en el que se ven las diferentes etapas de construcción y añadidos.

                                                                   
El primer impacto lo produce la iglesia, comenzada a finales del s. XII, con remodelaciones góticas, tanto en la fachada como en el claustro, conocido con el nombre de patio gótico.

Precede a la iglesia una importante escalera,

                                                                                 

que lleva a la fachada renacimiento con las estatuas de los reyes y condes, que ocupan el panteón de la iglesia.
                                                                             
                                                                
Sin embargo, la entrada principal del monasterio es del estilo barroco, realizada en la primera mitad del s. XVII.
                                                                             

En la iglesia, que llama la atención por sus grandes dimensiones, se pueden percibir aun vestigios de su origen románico; el interior encierra numerosos tesoros, tanto en las diferentes capillas y como en la magnifica sillería del coro, de estilo gótico, que tiene a ambos lados el Panteón real y condal, bellísima obra gótico mudéjar, como en la sacristía, de estilo herreriano, con el imponente sepulcro del obispo Pedro López de Mendoza, natural de Oña.

El retablo mayor es barroco
                                                               

 con un arco que da paso a la capilla de san Iñigo, decorada con pinturas de Francisco Bayeu, eminente pintor, cuñado de Goya.

Sería demasiado larga la enumeración de todos los tesoros del monasterio, solo repetir que varios de ellos están integrados en la exposición de las Edades del Hombre.

La vida de Oña siempre estuvo ligada al monasterio y a sus diferentes  etapas.

La sede escogida para esta XVII Exposición de las Edades del Hombre, el Monasterio de San Salvador de Oña, no ha podido ser mas acertada.

El monasterio cumplió su milenio de existencia el año 2.011, y justo es ponerlo de relieve. La exposición es, también, un  homenaje al milenario. 

 El Monasterio es una fastuosa mezcla de románico, gótico, renacimiento y barroco; la exposición solo tiene el "incoveniente", de que es mas importante el continente, y el contenido del propio monasterio, que la propia muestra, a la cual completan y acompañan, y conste que esta es sumamente interesante.

Organizada en seis capítulos, con obras venidas desde múltiples rincones de Castilla y León e incluso de fuera, con el tema de la vida monástica en la Iglesia Católica.
                                                                                   


 En las diferentes estancias del monasterio, iglesia, sacristía, sala capitular o claustro están instaladas esplendidas obras de arte de Zurbaran, El Greco, José de Ribera, Berruguete, Gregorio Fernandez o Goya, además de algunas de contemporáneos como el San Benito, de Vela Zanetti, 
                                                                           

entre otros muchos.

                                                                           

                                                               
No solo hay en la exposición esculturas y pinturas, sino también objetos litúrgicos y de uso suntuario como botes y cajas de materiales preciosos y hasta dos espectaculares aljubas (vestidura morisca, también usada por los cristianos), de los s.s. X y XI                                                                         


                                                                             

Paseamos un buen rato por la iglesia, sacristía y el maravilloso claustro gótico, creado por Simón de Colonia.
                                                                                 

                                                                                 

donde hay magníficos sepulcros de algunos obispos
                                                           

con sorprendentes detalles, como este cojín donde reposa la cabeza de un obispo.

Después de un par de horas salimos al exterior, con un buen bagaje de arte e historia incorporados.

Dimos una vuelta por la Plaza Mayor situada al pie de la escalinata del monasterio.

 De forma irregular, tiene todo el encanto de otros tiempos
                                                                   
 
En ella están el Ayuntamiento y la iglesia de San Juan, edificada entre los s. XIII a XVI, muy bien conservada, con portada gótica y torre medieval al lado, restaurada recientemente.

Al lado de la iglesia se conserva el  resto mas importante de la muralla de Oña, el Arco de la Estrella.

Oña tiene otros muchos monumentos, pero, en esta ocasión, solo vimos la Exposición de las Edades del Hombre y la Plaza Mayor, del casco histórico, pues luego dimos un paseo que podríamos llamar campestre, recorriendo parte de lo que fue la propiedad del Monasterio de San Salvador, llamada "Senda de los frailes", pues nos lleva tras los pasos que antaño dieron los monjes benedictinos del monasterio, por el monte, la huerta y los jardines de su propiedad.

Hay en este paseo varios puntos destacables, uno de los cuales es el Mirador de Vista Alegre, desde el que se puede contemplar una completa y bella panorámica del pueblo y del valle del río Oca, pero nosotros íbamos subiendo por una senda trazada entre una frondosa arboleda, en la que predominan los pinos,

                                                                 

aunque también se veían otras especies como hayas, fresnos y tilos, hasta encontrar la ermita de Santo Toribio, una de las tres ermitas que hubo en tiempos, en los terrenos del monasterio.

                           

La construcción de la ermita es, probablemente, de finales del s. XVI o principios del XVII, aunque la devoción a Santo Toribio es mucho mas antigua, ya que está documentada desde el s. XIII.

Tiene un alero para protegerse de la lluvia, e incluso podían alojarse en ella los monjes que buscaban soledad y silencio en su retiro espiritual.

Una gran cerca de piedra, casi una muralla, delimita la antigua huerta del monasterio.
                                                                         

En la parte de abajo, mas cerca del complejo monástico, se encuentra la antigua vaquería del convento, restaurada y llamada Casa del Parque, dedicada  explicar de forma didáctica la biodiversidad y los principales elementos del paisaje.
                                                                                           

Como se acercaba la hora de comer, dimos por acabada nuestra visita a Oña y nos dirigimos a otra de las mas interesantes ciuddes medievales de Burgos: Frías.

Pero esta visita quedara para otro capítulo, pues tanto hay que decir de esta importante ciudad medieval que esta entrada se haría, si no, interminable.