miércoles, 29 de mayo de 2013

Tarteletas de almendras y fresas

                                                                              

Estamos en la temporada de fresas y qué mejor que hacer unas tarteletas, cuando mas sabrosas están.

Ingredientes

Para 10-12 tarteletas

350g de fresas
Azúcar glas
50 g de jalea de grosella
25 g de almendras blanqueadas y separadas por la mitad

Para la masa
                                                                         

50 g de almendra molida
100 g de harina
25 g de azúcar
1 pellizco de sal
50 g. de mantequilla fría, cortada en trocitos
1 cucharada sopera de miel
1 yema de huevo

Elaboración

Para la masa


Mezclar la almendra molida, la harina, el azúcar y la sal en un cuenco grande.
                                                        
Hacer un pozo en el centro y poner en él la mantequilla, la miel y la yema.
                                                                   

Amasar con la punta de los dedos hasta que quede una masa suave.

Envolverla en papel transparente y dejar en la nevera de una a una y media horas.
                                                                 

Calentar el horno a 190ºC.

Engrasar los moldes de las tarteletas.

Espolvorear con harina la superficie de trabajo, extendiendo la masa hasta que este muy fina.

Con un cortapastas cortar porciones mayores que los moldes y forrarlos con ellas.

Ponerlos en la nevera 10 minutos.

Pinchar con el tenedor el fondo, forrarlos con papel de aluminio y rellenar con judías secas, para que la masa no monte.
                                                                                     

Meter en el horno 10 minutos, sacar, quitar las judías y el papel de aluminio y poner en el horno otros 10 minutos.

Batir la jalea de grosella hasta que este casi liquida.

Fundir a fuego lento sin que llegue a hervir.

Untar con este barniz las tarteletas aún calientes, y dejarlas enfriar.
                                                                              

Limpiar las fresas, quitarles el rabo, cortarlas si son muy grandes.

Colocarlas con la parte puntiaguda hacia arriba.

Decorarlas con las almendras partidas.

Calentar el resto de barniz de jalea de grosella y con un pincel barnizar las fresas, trabajando de abajo a arriba.
                                                                                    
                                                                                   
                                                                                

Servir con nata montada, si se desea.
                                                                             
 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un viaje con el Imserso a la Costa del Sol

                                                                    

Nuestro cuarto viaje con esta organización estatal, convertido ya en tradición, fue a Torremolinos, en la Costa del Sol Occidental.

Con los tiempos que corren no se si esta tradición se prolongara algún año mas, pero mientras exista nos da  ocasión de visitar algunos lugares no conocidos y revisitar otros ya vistos, con buena organización y bajo coste.

Hicimos un cómodo viaje a Torremolinos en un vuelo charter; a pesar de ser invierno, todavía había luz cuando llegamos al ampliado y renovado aeropuerto de Málaga, muy cercano a la que iba a ser nuestra base.

Del aeropuerto a Torremolinos hay unos diez o quince minutos para llegar a nuestro hotel en la parte alta de la ciudad. Volveré mas tarde a este denominación de "parte alta".

En el reparto de habitaciones tuvimos suerte pues la nuestra daba a la magnifica bahía de Málaga, y aunque el sol se había puesto, aun se alcanzaba a ver el amplio panorama a lo lejos, pues lo mas cercano era un paredón de edificios enormes, de considerable altura.
                                                                   

Enfrente mismo estaba el Centro Cultural Pablo Ruiz Picasso, que ofrece diversos entretenimientos, como conferencias, conciertos, teatro y foros, durante la semana.

A la mañana siguiente pudimos ver la bahia en todo su esplendor, bueno, lo que dejan ver las altos y a veces aberrantes edificios.
                                                                               
  
Nuestra residencia era el Hotel Natali, uno de los hoteles construido en 1.974, durante la gran expansión turística de Torremolinos entre los años 65-75 del siglo pasado, y renovado totalmente en 2.005, situado en la parte alta de la ciudad.

Después de tomar posesión de la habitación y cenar en el amplio comedor con buffet bien surtido, salimos a dar un paseo por los alrededores, no demasiado agradable, pues hacia un viento mas que mediano y llegar al Paseo Marítimo es trabajoso.

 Según la descripción del hotel, el mar está a 700 m; puede parecer una distancia asumible, lo que no dicen es que hay una gran cuesta, que puedes salvar descendiendo-ascendiendo por muchas escaleras o por tortuosas calles, no hay otra manera, así que nos decidimos por el entorno, dejando para la mañana siguiente mas exploraciones.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Musaca


 La musaca es una de las recetas mas famosas de la cocina griega, aunque es tambien tradicional de los Balkanes y de Oriente Medio; la carne empleada en Grecia y demas paises suele ser de cordero, pero yo he usado carne de vacuno; es una comida completa pues tiene todos los elementos necesarios para una buena nutrición y ademas resulta muy sabrosa y agradable de comer.                                                           
Ingredientes
                                                                              

700 g de carne picada
700 g de berenjenas
2 cebollas medianas
400 g o 1 bote de tomate triturado
4 ramitas de perejil
 cucharada de te
 1 cucharada de te de orégano
1 cucharada de te de canela
Sal
Pimienta
175 ml de vino tinto (optativo)
 Aceite de oliva

Para la salsa bechamel
                                                                    


75 g de mantequilla
75 g de harina
850 ml de leche
3 huevos
50 g de queso parmesano rallado
Sal
Pimienta
Nuez moscada

Elaboración

Cortar las berenjenas en rodajas de 1,5 cm, espolvorear con sal, y dejarlas al menos 1 hora en un colador, para que suelten el agua de vegetación y cojan menos aceite al freírlas.


Freír la cebolla picada finamente 2 o 3 cucharadas de aceite unos 7-8 minutos.

Añadir el tomate triturado, las hierbas y condimentos y cocer 10 minutos.

Pasar el tomate y cebolla fritos por la batidora.

Incorporar la carne y el vino tinto; si no se quiere con vino sustituir por el mismo volumen de agua.

Dar vueltas  y dejar cocer suavemente 20 minutos.
                                                                                 

Mientras escurrir las berenjenas, secándolas con un paño.

Freírlas rápidamente en aceite muy caliente, en tandas.

Ponerlas sobre papel absorvente según se van friendo.

Para la bechamel

Derretir la mantequilla en una cazo.

Añadir la harina y revolver con cuchara de madera . Agregar la leche muy caliente sin dejar de remover.

Sazonar con sal, pimienta y nuez moscada, hasta que se haga una salsa suave y sin grumos.
                                                                                  

Dejar que la salsa se enfríe un poco y añadir los huevos batidos y  tres cucharadas de queso rallado.

Disponer, en una fuente de hornear, capas de berenjenas y carne, empezando y terminando por la berenjena, espolvoreando con queso rallado entre capa y capa.
                                                                                      

Cubrir con la bechamel, espolvoreando encima el resto del queso.

Poner en horno precalentado, durante 45 minutos a 180ºC.
                                                                                          


miércoles, 8 de mayo de 2013

Programa doble de Ópera en el Teatro Real de Madrid: EL prisionero y Sor Angélica

                                                                                

Hace ya unos cuantos meses, el 12 de noviembre del 2.012, asistí a la segunda función de ópera de mi abono, programa doble, con la representación de las óperas El prisionero de L. Dellapiccola y Sor Angélica de G. Puccini, ambas obras cortas de sus respectivos compositores.

 Parece del gusto del director del Teatro Real agrupar óperas, aunque su nexo de unión sea algo difícil de relacionar.

En este caso se trata de la privación de libertad de los protagonistas, por motivos tan diversos y ambientes tan distintos, que su único punto en común sea, precisamente, la falta de libertad.

Empecemos por la primera de las obras representadas.

El prisionero es una ópera en un acto, del compositor italiano Luigi Dallapiccola (1.904-1.975) estrenada en versión concierto en la emisora de la R.A.I,  en 1.949, primero y seis meses mas tarde, en 1.950 en el Teatro Comunal de Florencia.
                                                                         
                                                       
El libreto, escrito por el propio compositor, tiene diversas fuentes de inspiración, como son  el cuento La tortura por la esperanza, del escritor francés Villiers de l´Isle-Adam, de 1.888, La leyenda de Ulenspiegel y de Lamme Goedzak, del novelista belga Charles de Coster, de 1.867, obra ambientada en el s. XVI, de exaltación del patriotismo belga; en el poema de Victor Hugo La Rosa de la Infanta, y por si todo esto fuera poco, en una poesía de  Lisa Pevarello.

Todas estas obras sirvieron al compositor para expresar su disgusto y sus agravios, podríamos decir biográficos, ya que cuando tenia trece años, durante la Primera Guerra Mundial, su familia que era y vivía en Pisino d´Istria, ciudad italiana entonces perteneciente al Imperio Austro-Húngaro, (hoy día de Croacia), fue deportada y confinada en la ciudad austriaca de Graz, donde vivió los últimos veinte meses de la contienda, mientras su familia pasaba escaseces y humillaciones.

Sin embargo, y a pesar de estas dificultades el joven Luigi, pudo asistir a numerosas representaciones de ópera en esta ciudad, la segunda en población en importancia de Austria, de Mozart, Weber y en particular, Wagner, cuya obra, El holandés errante, lo impactó de tal manera que decidió ser compositor.

Al finalizar la guerra en 1.918, la familia volvió a su ciudad natal y allí, a los catorce años, Dallapiccola comenzo sus estudios musicales, en la vecina ciudad de Trieste.

A los dieciocho años el futuro compositor se traslado a vivir a Florencia, ciudad en la que habito el resto de su vida, para proseguir sus estudios musicales.

Dallapiccola es uno de los ciudadanos europeos que sufrieron las dos guerras mundiales, terrible circunstancia que afecto a su vida e influyo en su obra, ya que, además de lo ya reseñado, había contraído matrimonio en 1.938, con Laura Coen Luzzatto, de origen judío, por lo que, traumatizado por el miedo a que detuvieran a su esposa durante los regímenes de Mussolini y Hitler, y sin querer criticar el papel de su país en la Segunda Guerra Mundial, recurrió, para escribir su ópera El Prisionero, a la siempre falsa memoria histórica para montar un panfleto antiespañol, sobre lo malos que eran Felipe II y los inquisidores, que no se contentaban con las peores torturas, sino que hacían concebir al condenado falsas esperanzas de liberación.

Ya en 1.960 Dallapiccola había  escrito:

"Amo la ópera, sobre todo porque me parece el medio mas apropiado para exponer mi pensamiento"

El montaje de esta ópera por parte de Mortier, muestra sus ocultas intenciones, que va desgranado con la programación, y sin ninguna consideración para el país que lo ha acogido y le paga; como profesional de la ópera en decadencia, se atreve a  exponernos  una tardía versión de la leyenda negra, mientras estamos sentados en nuestro principal teatro.

Como ya he relatado, el flojo libreto tiene diversas fuentes de inspiración, es una especie de collage, en el que lo fundamental del argumento es la tortura que proporciona la esperanza.

 La madre de un prisionero, suponemos que político, clama su desesperación ante el temor de no volver a ver a su hijo con vida y sueña con la imagen fantasmal de Felipe II, imagen de la muerte.

El prisionero recibe la visita de la madre, a la cual describe sus sentimientos de terror ante la oscuridad  y la soledad, pero le cuenta que ha concebido cierta esperanza en su liberación, al oírse llamar hermano por su carcelero, que precisamente en ese momento, le trae noticias de la sublevación de Flandes contra los españoles, y le habla del posible tañido de la campana que indicara la libertad, anuncio de su liberación.

Al irse deja la puerta de la celda abierta; el prisionero cree llegada la libertad, y avanza hacia la luz exterior, cantando, pero al final del pasillo no encuentra su libertad, sino al Gran Inquisidor; comprende entonces que sera ejecutado al alba y que la esperanza dada no era mas que la última tortura.

 Desde el punto de vista musical, tal como el mismo relata, le influyo poderosamente la asistencia a un concierto en el que Arnold Schömberg dirigió su pieza Pierrot Lunaire, cuando Dallapiccola tenia veinte años, que determino su adscripción a la dodecafonía, técnica musical que desarrollo por su cuenta, al no estar en contacto con los principales representantes de esa tendencia Schömberg, y sus discipulos Alban Berg y Anton Webern, y que difiere bastante de la vienesa.

La puesta en escena corrió a cargo de Lluis Pascual y me pareció adecuada; una torre metálica rotatoria, en forma de jaula, con escaleras adosadas, es el escenario común a las dos óperas representadas, aunque las luces, muy bien manejadas le dan un  aire bien distinto, en una y otra.
                                                                       
                                                                                                                                                       
El desarrollo teatral del argumento es bastante débil y solo está apoyado en la música, que aunque dodecafónica no me desagrado en absoluto.

Los cantantes se desenvolvieron muy bien.

El barítono italiano Vito Priante le dio intensidad al papel de prisionero, y actuó bien en cuanto a expresión dramática,
                                                                             

mientras la madre del prisionero fue interpretada por la soprano estadounidense Deborah Polaski, a la que habíamos tenido ocasión de escuchar en el Teatro Real como Kostelnicka, en Jenufa, y como Elektra.

El inquietante papel del carcelero corrió a cargo del tenor, estadounidense también, Donald Kaasch, que me pareció con voz muy apropiada a su personaje.

La orquesta fue magníficamente dirigida por el director alemán Ingo Metzmacher.

En resumen una obra dodecafónica interesante, por lo poco representada en los teatros del mundo, aunque obra menor, que nos podíamos haber ahorrado, también, en España.

La siguiente ópera del programa fue Sor Angélica, de Giacomo Puccini.

Sor Angélica es la segunda de las tres óperas que forman El Tríptico, (precedida por El Tabardo, y seguida por Gianni Schichi); tres óperas que conforman una alegoría de una de las partes de la Divina Comedia de Dante Alighieri, correspondiendo al Purgatorio, estrenada en el Metropolitan Opera House de Nueva York el 14 de diciembre de 1.918.

Tras la finalización de la primera de las óperas del Tríptico, el joven escritor, mas tarde también cineasta, Govacchino Forzano se presento a Puccini y le ofreció el tema de Sor Angélica, que entusiasmo al compositor.                                                                    
                                                                         

Puccini concibió El Tríptico como pieza única e indisoluble, para representar sin rupturas ni escisiones, pues quería que fuera un homenaje a Dante; sin embargo, el deseo del compositor fue desoído, pues ya en vida de Puccini se representaron, también, por separado.

Como ha sido el caso en el Teatro Real, siguiendo la tendencia cada vez mas practicada de hacer todo tipo de experimentos, algunos bastante desagradables, sobre las óperas, muy alejados de las intenciones y pensamientos de los compositores.

El argumento de Sor Angélica transcurre, en el mismo escenario de jaula gigante pero mucho mas iluminada, en un convento italiano del s. XVII, donde una joven aristócrata ha sido recluida por su familia por haber dado a luz un niño, fruto de una relación ilegitima.
                                                                       

Después de siete años de silencio familiar, recibe la visita de su tía, la princesa, que, aunque ella desconoce el motivo, viene a pedirle que renuncie a su herencia en favor de su hermana menor, que va a contraer matrimonio.
                                                                               

El anuncio de la visita transporta de alegría a Sor Angélica, pues piensa que puede tener noticias de su hijito, pero la tía, que la recibe con gran frialdad, contesta, después de hacerse de rogar, a sus preguntas, que el niño ha muerto.
                                                                                

Una vez obtenido el objeto de su visita, ya que la trastornada Angélica firma el documento de renuncia de su herencia como en sueños, se despide sin demostrar el mas mínimo gesto de humanidad.

Sor Angélica queda desesperada por la desaparición del niño y al no poder encontrar ningún consuelo, decide suicidarse, para lo cual prepara un brebaje de plantas venenosas, ya que ella es la "boticaria" del convento, e inmendiatamente lo bebe.

Cuando se da cuenta del pecado que ha cometido, cegada por el dolor, se arrepiente, pero ya es tarde. Sin embargo se produce un milagro, antes de morir ve la imagen de la Madonna, entre un coro de ángeles, que le trae a su hijo de la mano; se da cuenta de que Dios la ha perdonado y muere en paz.
                                                                                 

Para ambientarse, Puccini visito el convento de Vico Pelago del cual era abadesa su hermana Iginia, donde observo la vida cotidiana de las monjas, converso con ellas y cuando tuvo finalizada la ópera volvió al convento, donde toco la versión para piano.

Es una de las pocas óperas que solo tiene personajes femeninos.

Siendo una de las últimas óperas compuestas por Puccini se perciben influencias wagnerianas y aproximaciones a la atonalidad.

El papel de Sor Angélica es muy difícil para las cantantes, algunas de las cuales no se han atrevido a interpretarlos.

En esta ocasión corrió a cargo de la soprano rusa Veronika Dzhioeva, que pude oír la temporada pasada en Iolanta.  En el papel de Sor Angélica supero con elegancia y expresividad tanto el canto, como la interpretación, llegando a commover, tanto a mi, como al respetable.

La tía princesa fue  Debora Polaski, que había cantado el papel de La Madre en "El prisionero", donde se desenvolvió mejor que en Sor Angélica.
                                                                           

A destacar la interpretación de Auxiliadora Toledano, en el papel de Sor Genovieffa, que canto con gusto y estilo.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Espárragos con crepes de hierbas

                                                                       

El esparrago es vegetal de primavera, por lo que si se quiere comer no en conserva sino fresco hay que aprovechar el momento.

Hoy os propongo una novedad, servirlos con unas crepes de hierbas como acompañamiento y con mantequilla derretida.

Ingredientes
                                               

1 k de espárragos blancos
1/ cucharadita de sal
1 terrón de azúcar
50 g de mantequilla

 Para las crepes

75 g de harina
2 yemas de huevo
125 ml de leche
125 ml de nata
1 pizca de sal
2 cucharadas de hierbas picadas (albahaca, eneldo, perifollo, perejil, a partes iguales) , también pueden ser hierbas variadas de un botecito, ya preparado)
2 cucharadas de mantequilla derretida para untar la sartén

Elaboración

Mezclar, en un bol, para las crepes, la harina, yemas de huevo, leche, nata, sal y hierbas; dejarlo reposar descubierto 30 minutos.

Lavar los espárragos y pelarlos de arriba a abajo; se hace muy bien con el pelador de patatas, zanahorias etc.
                                                                        

                                                                                 
Cortar los extremos leñosos.
                                              
 Poner a hervir 2 litros de agua con la sal y el azúcar; cuando hierva el agua introducir los espárragos, atados en hatillos, y cocerlos entre 15 y 20 minutos.

                                                                      


Escurrirlos bien y reservar.
                                                                           


 Para hacer las crepes

Untar un pincel con la mantequilla derretida y pasarlo por la sartén, para hacer las crepes.

Coger con una cuchara o cucharón una porción de la masa preparada y hacer las crepes.

                                                           
Con estas cantidades saldrán unas seis crepes.

Fundir los 50 g de mantequilla y echarla sobre los espárragos escurridos.

                                                          
Servir los espárragos con las crepes.